«Mi ángel, mi todo, mi yo…»


Millones de personas se han emocionado escuchando las sonatas de Beethoven (1770-1827), pero pocas reconocen el nombre de Amalia Sebald (1787-1846), una cantante de la Ópera de Viena a la que dedicó declaraciones de amor tan bellas como esta: «Si la luna brilla esta noche más serena que el sol durante el día, verá con usted al más pequeño e insignificante de los hombres».

Ese es uno de los motivo por los que Kurt Pahlen (Viena, 1907-Berna, 2003) escribió «Cartas de amor de músicos», una emocionante recopilación de más de 300 misivas de los grandes compositores de la historia a sus parejas. Desde Wolfgang Amadeus Mozart hasta Alban Berg, pasando por autores como Schumann o Chopin, la obra ofrece un recorrido por las azarosas vidas sentimentales de algunos de los músicos más aclamados de todos los tiempos.

Pahlen no fue ningún extraño en el mundo de la música. El compositor austriaco fue director del Teatro Colón en Argentina y escribió más de 60 obras de pedagogía, sociología e historia musical. ¿Por qué recopiló las cartas de amor de compositores que dice admirar? En sus propias palabras: «Nada más lejos de mi intención que penetrar en la esfera íntima de una persona desaparecida hace tiempo. Mi admiración por todos aquellos de los que aquí se trata es demasiado grande, estoy demasiado involucrado en sus obras para hacer algo semejante. Sin embargo, creo que precisamente las cartas aquí presentadas permiten penetrar en la vida emocional de extraordinarias naturalezas creativas, lo que puede resultar de ayuda para una mejor comprensión de sus obras».

Pahlen intenta defender la memoria de aquellas mujeres condenadas por la historia de la música por no poder comprender o hacer felices a sus excepcionales parejas. Quizá el mejor ejemplo de ello sea el de Konstanze Weber (1762-1842), la mujer de Mozart (1756-1791), que ha pasado a la historia como una persona frívola y superficial. En el capítulo dedicado a las cartas del célebre compositor, Pahlen defiende que Mozart fue feliz junto a Konstanze, a la que siempre quiso, como ponen de relieve sus cartas: «Si pudiera contarte todo lo que hago con tu querido retrato, sin duda te reirías a menudo. Por ejemplo, cuando lo saco de tu estuche y digo ‘¡Que Dios sea contigo, mujercita Stanzerl!’ (…) Cuando vuelvo a guardarlo, lo dejo ir resbalando poco a poco y repito una y otra vez ‘¡Nu-nu-nu-nu!’ con la intención que este conjuro requiere, y con el último, rápido: ‘¡buenas noches, ratoncilla, duerme bien!’».

Malentendidos, dolor y celos

La obra de Pahlen no solo recoge los sentimientos más bellos expresados por compositores, sino también momentos de malentendidos, dolor y celos. Un buen ejemplo lo encontramos en las cartas de Joseph Haydn (1732-1809) a Luigia Polzelli (1760-1830). La pareja se conoció en Viena. Ambos estaban casados, él con Maria Anna -otra vilipendiada por la historia de la música- y ella con un violinista mucho mayor y con problemas de salud.

Haydn se enamoró perdidamente de la cantante, y, en el transcurso del año 1791, le escribió: «Me apena mucho tu difícil situación, y rezo cada día para que tu esposo fallezca. Has hecho bien en llevarle al hospital para preservar tu vida.» Posteriormente, a la muerte del desdichado violinista, Haydn intentó consolar a su viuda con otra misiva: «En lo que atañe a tu marido, quiero decirte que la previsión ha sido buena al liberarte de esta pesada carga. También para él es mejor encontrarse en el más allá que ser un inútil sobre la tierra».

Haydn también enviudó años después, pero ni siquiera entonces se consolidó su relación con Polzelli. La cantante le reclamó una pensión para poder mantenerse, pero Haydn se negó a concedérsela. En su testamento, declararía que: «La promesa firmada por mí en lengua extranjera que presentará la señora Polzelli la declaro nula y vana, porque muchos de mis parientes pobres recibieron mucho menos». A la muerte del compositor en 1809, la cantante no recibió ni un florín.

No es el único ejemplo de relación desdichada que expone Pahlen en su obra. También llama la atención el relato de las difíciles relaciones entre Richard Wagner (1813-1883) y Minna Planer (1809-1866). La pareja se conoció en Lauchstädt, y la pasión inicial no tardó en verse corrompida por los ataques de celos. Así, Wagner empezó a lamentarse por la excesiva frialdad de Minna: «Dime, mi ángel, ¿estás siendo justa? ¡Como un sediento espera la bebida, así he esperado yo que llegaran un par de líneas tuyas! Venga, venga, no es justo; podrías haberme hecho saber a través de un par de líneas si todavía me amas, algo de lo que dudo a menudo».

Los reproches no bajaron de tono tras el compromiso matrimonial de la pareja. Así, en noviembre de 1835, Wagner escribió: «¿Bueno, dime, Minna, qué debo pensar de ti? ¿Te has vuelto loca y por eso me dejas en este estado tanto tiempo sin escribirme? (…) ¡Estoy furioso! ¡Vosotras las mujeres sois más insensibles que la piedra!».

Wagner y Minna se casaron en noviembre de 1836. Apenas seis meses después, ella le abandonó para refugiarse en casa de sus padres. Aunque posteriormente se reconciliaron, el carácter enamoradizo del compositor, así como la vida errante a la que sometió a su esposa, se interpusieron definitivamente entre ambos. El matrimonio llegó a separarse. A principios de 1866, apenas unos días antes de su muerte, Minna publicaba en la prensa: «A consecuencia de un artículo erróneo en el Münchner Weltboten, declaro aquí la verdad: que he recibido hasta ahora, de mi esposo ausente, Richard Wagner, una pensión de manutención que me permite una decorosa existencia.»

Clara Wieck

Pero quizá la gran protagonista de esta recopilación de cartas sea Clara Wieck (1819-1896). Después de todo, recibió apasionadas declaraciones de amor de dos genios de la música, Robert Schumann (1810-1856) y su discípulo, Johannes Brahms (1833-1897).

Pahlen no puede ocultar su admiración por la figura de Clara, que llegó a presentar una demanda para que le autorizaran a contraer matrimonio con Schumann sin el permiso de su padre. Las circunstancias de su romance, así como el intercambio epistolar de la pareja, llevan a Pahlen a declarar que hablar de su relación «equivale a describir el amor más hermoso y puro que unió a dos almas excepcionales».

Durante su lucha por conseguir su mano, Schumann escribió a Clara: «¡Ay, Clara mía, si pudiera hacer algo por ti! Los antiguos caballeros nos llevaban esta ventaja: podían atravesar hogueras por sus amadas, o matar dragones. Pero nosotros, los actuales, tenemos que ingeniarnos para merecer a nuestras muchacha; fumando menos cigarrillos o algo así. Pero sabemos amar, a despecho de aquellos caballeros, han cambiado los tiempos, pero no los corazones».

Una bella historia de amor que, sin embargo, terminó en tragedia. Los problemas mentales de Schumann, entre los que se contaba la esquizofrenia, ensombrecieron los últimos años de la pareja. El músico terminó sus días en el manicomio de Edernich. Clara no le visitó hasta que se encontró postrado en su lecho de muerte, y lo hizo en compañía de su futuro amante, Johannes Brahms.

El joven Brahms había conocido a Schumann a los 20 años, cuando intentaba abrirse camino en el mundo de la música y huir de una situación familiar complicada. Clara, que entonces contaba 34, era una mujer atractiva, con grandes dotes intelectuales y artísticas. Es posible que Brahms se prendara de ella de inmediato. Un año después Schumann intentó suicidarse y acabó recluído en el manicomio. Entonces comenzó una bella relación epistolar entre Brahms y Clara, que no terminaría hasta la muerte de esta.

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