Sergio Olguín: “Hay libros muy bien escritos que aburren” – Clarín.com


Fue a mediados de 2012 y fue –o podía ser, más que nada– el antes y el después que Sergio Olguín (50) buscaba desde hacía un buen tiempo. El antes era el periodismo; el después, la ficción. La revista El Guardián imprimía su último número y les ofrecía a sus trabajadores un poquito más de la indemnización que les correspondía. Eso sí: sería en cuotas. Para algunos podía ser un mal negocio, ya que no podrían invertir ese dinero en nada material. Pero para otros, esa opción podía ser ideal. Para invertir en tiempo y en trabajo.

“Que pagaran en cuotas fue una ventaja para mí –recuerda Olguín en un bar de Independencia y Matheu–. Utilicé ese año y medio asegurado de ingresos para dedicarme a la ficción. Llevaba 29 años en el periodismo y era el momento para dejarlo; siempre había querido dedicarme a escribir ficción. Sentí que si no lo hacía en ese momento, no lo iba a hacer más: había interés editorial por mis libros y una productora había reservado los derechos para hacer una serie basada en una de mis novelas.” Antes de eso, Olguín había cursado Letras; había fundado una revista cultural y dirigido otras; había escrito cinco novelas, seis antologías de cuentos; había sido editor de Cultura en un diario; había sido traducido al alemán, al francés, al italiano; había recibido el prestigioso Premio Tusquets (2009).

Después del cierre de El Guardián, Olguín escribió más novelas (una de ellas infantil), desarrolló proyectos que no se concretaron para cine y uno que sí: el guión de la próxima película de Luis Ortega sobre la vida del asesino Carlos Robledo Puch. También concretó uno de los pasos más importantes en la carrera de un escritor: la productora Pol-ka rodó una miniserie de 8 capítulos basada en su novela La fragilidad de los cuerpos, que se emite por la pantalla de El Trece y por la de TNT.

Pero lo más importante: a casi tres años del último cheque de la indemnización, Olguín no volvió a dedicarse al periodismo. Ahora es un escritor que vive de escribir. Y esta es su historia.

El comienzo es en una casa de Lanús, donde mamá leía mucho a pesar de no tener más que los estudios primarios. Papá ni eso, pero siempre volvía del trabajo con el diario y se sentaba a leerlo. Con eso alcanzó para que Sergio adoptara el hábito de la lectura. De muy chiquito leía los libros que le regalaba su mamá. Papá le explicaba los chistes del diario. A los siete años empezó a elegir qué quería que le compraran para leer.

“Hay algo muy importante y es que, si bien crecí en un entorno familiar de gente que no había podido estudiar, jamás pusieron un pero a mi actividad como lector o como escritor. Respetaron mi elección”, recuerda.

Olguín agrega que sus tres hermanas mayores, al verlo leyendo en la cama o tomando apuntes, preguntaban: “¿Y él no trabaja?”. Sergio sólo lo hacía los tres meses de algunos veranos en una verdulería de Villa Fiorito. Papá y mamá apoyaron la vocación de Sergio y se hicieron cargo de todo: casa, comida, ropa y hasta a veces plata (cuando lo del periodismo no alcanzaba), mientras el hijo estudiaba Letras.

La primera “novelita” que escribió Olguín fue a los 11 años y en un momento triste: cuando papá se fue de la casa con una mujer más joven que mamá. La historia trataba sobre Lobo, su perro. A los 17 tuvo el primer trabajo como periodista en una publicación religiosa. Estudió, abandonó la carrera, fundó la revista V de Vian y en 1998 publicó Las grietas, un libro de relatos. Después llegaron las primeras novelas: Lanús (2002), Filo (2003) y El equipo de los sueños (2004), que ya lleva 25 ediciones. No ganaba plata, pero no era lo más importante.

“Tenía trabajo en relación de dependencia, cumplía el horario, llegaba a mi casa y me ponía a escribir mis libros después de cenar –cuenta Olguín en el bar de la avenida Independencia–. Me quedaba hasta la madrugada. Cuando me tocó ser free lance, me iba a dormir sabiendo que al día siguiente tenía que hacer la factura o pelear porque tardaban en pagarme. La inestabilidad te complica. Si escribo es porque la estoy pasando bien en la vida. Si tengo la cabeza llena de problemas personales, laborales o familiares, no puedo. La cabeza está ocupada en eso y no puedo.”

La fragilidad de los cuerpos. Germán Palacios y Eva de Dominici, protagonistas. / Prensa El Trece.

¿Cómo hacías, estando en una redacción, para no pensar en tu libro?

Me pasaba de estar editando artículos de cultura y sentir: “No veo la hora de estar en casa para seguir escribiendo”. Pero eso está bueno: es el deseo de escribir. Y no poder hacerlo aumenta el deseo, alimenta la escritura.

¿Qué te generaba no ganar dinero con los libros? O ganar, pero no poder vivir de ellos…

Siempre traté de negociar lo mejor posible y de entender que el escritor es un trabajador más. Desde el primer libro que me siento un laburante, que formo parte de la clase trabajadora de este país. Creo que los autores debemos comenzar a vernos como trabajadores y cuidar el vínculo que tenemos con las editoriales. Desde el contrato hasta el control de la tirada. No es fácil, pero hay que cambiar. Muchas editoriales se aprovechan de los autores.

Esas primeras novelas al menos fueron construyendo un público.

Sí, un público chiquito y apasionado. Algunos me escribían e-mails, cartas. Por ahí no eran más de quince personas, pero me decían que el libro los había acompañado. Sentí que era la función que quería para mis textos. El escritor acompaña al lector cuando va al médico, cuando viaja en colectivo. Uno se siente mejor si lleva un libro. Esos lectores me decían que mis libros habían sido importantes en sus vidas. Recuerdo e-mails muy largos y lindos.

¿Y qué tipo de lector creés tener?

Me siento un autor popular, pero de minorías. No tengo un público masivo. Me refiero a popular en cuanto a lo diverso. Creo que me lee la tía y el sobrino, el profesional y el carpintero. Y cualquier lector que busque en la literatura un momento de diversión. Mi principal meta es que el lector no se aburra, que no suelte el libro. Porque hay libros muy bien escritos, pero que aburren.

Oscura monótona sangre es la historia de un empresario que cada mañana, para ir hacia su trabajo, elige tomar la zona de los barrios bajos del sur de la ciudad porque le hacen recordar su procedencia. En una parrilla al paso, escucha la oferta sexual de mujeres menores de edad que se prostituyen para consumir paco. La curiosidad lo lleva a conocer a una de esas niñas y luego, con los encuentros, iniciará una doble vida. Con esta novela ganó el Premio Tusquets, y el mundo editorial comenzó a preguntarse cuál sería su próximo libro. Pero Olguín, a diferencia de los autores que sienten que deben hacer un libro más intelectual para justificar un premio, siguió con las historias de gente común, las que lo caracterizaron como autor. Y reflotó una idea que había plasmado en un cuento. La de un maquinista del Sarmiento que se suicida y una periodista que, investigando el caso, se enamora de un compañero del muerto. Así nació La fragilidad de los cuerpos.

“Me parece que la relación entre estos dos personajes es lo que más enganchó a los lectores. Ese vínculo tan difícil que se da al amar y no poder acceder al otro por más que uno ame. Se trata de un amor vinculado a lo cotidiano y a lo sexual. A Verónica Rosenthal (la periodista que en la miniserie encarna Eva de Dominici) se la entiende comprendiendo su sexualidad. Hay una especie de biografía erótica o sexual que te va mostrando al personaje”, dice.

El éxito de la novela “proyectó” a su heroína: “Es un fenómeno que va más allá de mí. Siento que hay fanáticos de ella; lectores que hasta comprarían libros sobre Verónica Rosenthal aunque fueran escritos por otro autor. Resulta muy gracioso lo que me pasó con 1982, mi última novela: varios me decían ‘lo voy a comprar, pero quiero leer sobre Verónica Rosenthal’. Es que me tomé un descanso luego de tres novelas en las que ella fue protagonista. Pero ya estoy trabajando en dos libros más en los que reaparece”.

Olguín, ahora, ya no tiene que editar artículos de cultura, no tiene que pasarse horas en la redacción ni dictar talleres. Ahora puede dedicarse a esas historias. A vivir de lo que siempre quiso: escribir. Y ese es el mejor premio que pudo haber recibido.

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